Nació en Buenos Aires el 19 de julio
de 1764. Cursó sus estudios de filosofía en el Real
Colegio de San Carlos, continuó su educación en
el histórico Colegio de Montserrat, Córdoba, después
de lo cual pasó a la Universidad de Charcas en cuyas aulas
siguió la carrera del derecho para graduarse de abogado.
De regreso en Buenos Aires, su estrecha amistad con Belgrano determinó
que éste le propusiera en 1796 para desempeñar la
suplencia de la secretaría del consulado, que ocupó
en varias ocasiones con contracción y competencia. Al mismo
tiempo atendía su estudio forense, que era de los más
acreditados, pues gozaba fama de abogado erudito y honorable,
hasta que se entregó a la tarea de preparar secretamente
la revolución en consorcio con Belgrano, Rodríguez
Peña, Vieytes y denás compañeros de causa.
Castelli fue comisionado en una de las reuniones para intimar
al virrey Cisneros la cesación en el cargo, lo que cumplió
con la mayor arrogancia y tranquilidad de espíritu. Destacada
fue su actuación en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de
1810 y, al día siguiente, el Cabildo lo nombró miembro
de una Junta que gobernaría el virreinato del Río
de la Plata, junto con Saavedra, renunciando ambos ante la exigencia
del pueblo que, el día 25, lo proclamó vocal de
la Primera Junta gubernativa, en cuyo seno actuó con brillo
y extremada energía.
Tan activo y fogoso como el doctor Moreno, Castelli fue el heraldo
de la revolución en las provincias del interior, a las
que llevó la representación y la autoridad del nuevo
gobierno de Buenos Aires. En el mismo año 1810 marchó
al interior, siendo su primer acto el de hacer cumplir la orden
de la junta, al fusilar a Liniers y sus cómplices en la
resistencia armada contra el gobierno patrio. Los peligros eran
grandes y arrostró los furores de la tempestad que le sobrevino
por sus hechos, con la mayor entereza. En Potosí, en Chuquisaca
y en La Paz, inició la propaganda de la independencia,
haciéndose cargo del gobierno de la primera y ordenando
varias ejecuciones de jefes políticos y militares realistas.
Estaba a la cabeza del ejército situado en la margen del
Desaguadero, y tenía al frente a huestes enemigas que mandaba
el general Goyeneche, cuando pactó un armisticio a pedido
de éste que, confiado en la buena fe de los patriotas,
los atacó unos días antes de fenecer la tregua,
derrotándolos completamente en Huaqui. Castelli, envuelto
en el desbande producido por el desastre, retrocedió hasta
Humahuaca, mientras Pueyrredón salvaba el honor de la retirada.
Estaba en Tucumán cuando se le comunicó que debía
bajar a Buenos Aires para dar cuenta de su conducta. A su arribo
en diciembre de 1811, el Triunvirato le formó un proceso.
Abatido y enfermo de un mal incurable, dejó de existir
el 12 de octubre de 1812. Castelli, hombre notable por sus talentos
y su actuación pública expiró, en la miseria,
siendo una de las primeras víctimas de las pasiones partidistas
de su época. Fue calumniado; pero diez años después,
el doctor Gascón, en la Sala de Representantes, al proyectarse
una pensión para su hija, dijo: "Si hubiera tenido
menos pureza y menos delicadeza, habría dejado su familia
en otro estado, pues cuando regresó después de sus
trabajos en el Alto Perú, pudo volver con caudal cuantioso
no adquirido por cohechos, sino por voluntarias oblaciones que
se le hacían; y vino poco menos que desnudo, y hubo que
darle hasta camisas." Su estatua fue inaugurada en esta
capital el 20 de mayo de 1910, en solemne acto público
en que hablaron el doctor José Matías Zapiola y
el secretario de la Municipalidad. doctor Enrique Ruiz Guiñazú,
al cual pertenecen los siguientes conceptos: "La reputación
de Castelli crece en el Cabildo del 22 de mayo, y su influencia
es extraordinaria en los posteriores actos decisivos. Descuella
siempre por la firmeza de su carácter, la disciplina de
su temperamento; es el ejecutor fiel y sin vacilaciones de las
instrucciones reservadas, hoy conocidas, que patentizan la fibra
de su fervor patriótico, el nervio de su elocuencia, el
alcance de miras y, lo que es más, la pujanza incontenible
de la democracia argentina. Castelli vibra al unísono con
Moreno; la energía de ambos domina los obstáculos
y es su poder magnetizador de voluntades el índice del
éxito de la Revolución de Mayo".